Cuento fantástico
De Gleducar, http://www.gleducar.org.ar
|
Esta propuesta didáctica carece de formato adecuado a las Gleducar:Manual de estilo de Gleduwiki.
|
Mi alumnos dicen se arma en pizarrón la secuencia narrativa.
- identifican personajes principales y secundarios. Reconocen el lugar y el tiempo en que transcurrió.
- se pide a los alumnos que digan cuántos párrafos tienen. De acuerdo a la cantidad se eligen al azar el número de alumnos de manera tal que cada uno lea un párrafo.
Silvina Ocampo: una escritora abandonada en las tinieblas
Escritora argentina. Realizó estudios de pintura con Giorgio de Chirico y estuvo vinculada al mundo literario a través de su hermana Victoria Ocampo y su marido Adolfo Bioy Casares. Se inició con un libro de cuentos no reivindicado, Viaje olvidado (1937). Luego cultivó una poesía cercana a las formas del clasicismo: Enumeración de la patria (1942), Espacios métricos (1945), Poemas de amor desesperado (1949) y Los nombres (1953). Volvió a la poesía en 1962 con Lo amargo por dulce y en 1972 con Amarillo celeste. Lo más reconocido de su obra son sus libros de relatos, donde incursiona en la literatura fantástica (fantasmas, monstruos, figuras persecutorias) mezclada con observaciones irónicas y de humor negro sobre las costumbres de la gente común: Autobiografía de Irene (1948), La furia (1959), Las invitadas (1961), Y así sucesivamente (1987) y Cornelia ante el espejo (1988). Colaboró con Bioy Casares en una novela policiaca, Los que aman odian (1946), con Bioy y Borges en antologías de la literatura fantástica y de la poesía argentina, y con Juan Rodolfo Wilcock en el drama Los traidores (1956).
Ha sido ampliamente reconocida la Antología de la literatura fantástica (editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1940), que elaboró con Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, y la novela Los que aman, odian, que escribió en Mar del Plata junto con su marido. En una oportunidad, Bioy Casares comentó que escribir con ella era una experiencia única, ya que el intercambio de pareceres era incesante.
Quizás no en vano Edgardo Cozarinsky, quien fuera uno de los jóvenes integrantes de Sur, resaltó, en el texto que sirve de presentación para la reedición de su Antología esencial, que Silvina Ocampo en un poema que le dedicara a Borges diga: "Nunca te ha empalagado la poesía/ y ella como una lumbre te acompaña;/ a mí suele dejarme en tinieblas".
"Siempre volviste a mí" "Sé que me querías más que a nadie porque siempre volviste a mí". Eso dicen que le dijo Silvina Ocampo a Adolfo Bioy Casares antes de morir, y al hacerlo público se dejó al desnudo la fragilidad de un mujer que tuvo una vena especial para el sufrimiento.
Como pocas mujeres de cierta prominencia pública, tuvo que aceptár que su pareja fuera y viniera de la relación. Ante su resignación hallaba consuelo en una relación amorosa con la poeta Alejandra Pizarnik. Algo que sería propio de ella, la más desenfada de las Ocampo.
Buenos Aires no puede con sus sombras.
Siendo la menor de sus hermanas, afirmaba sin peso alguno que ella era "la etcétera de la familia", sostenía que todas las edades eran crueles, le gustaba Brahms, escribió que creía que la alegría era un secreto que se parte en dos, y que amar a alguien no es bastante y "tal vez por previsión, para no perder nunca lo amado, se aprende a amar todo aquello que lo rodea cuando se está con él".
A partir de lo expresado anteriormente, creo oportuno transcribir uno de sus cuentos que pertenece a la obra "Las invitadas" del año 1961. Es autobiográfico y no fantástico, pero muestra bien el estilo de la autora.
El pecado mortal
Los símbolos de la pureza y del misticismo son a veces más afrodisíacos que las fotografías o que los cuentos pornográficos, por eso ¡oh sacrílega! Los días próximos a tu primera comunión, con la promesa del vestido blanco, lleno de entredoses, de los guantes de hilo y del rosario de perlitas, fueron tal vez los verdaderamente impuros de tu vida. Dios me lo perdone, pues fui en cierto modo tu cómplice y tu esclava. Con una flor roja llamada plumerito, que traías del campo los domingos, con el libro de misa de tapas blancas (un cáliz estampado en el centro de la primera página y listas de pecados en otra), conociste en aquel tiempo el placer -diré- del amor, por no mencionarlo con su nombre técnico; tampoco tú podrías darle un nombre técnico, pues ni siquiera sabías dónde colocarlo en la lista de pecados que tan aplicadamente estudiabas. Ni siquiera en el catecismo estaba todo previsto ni aclarado.
Al ver tu rostro inocente y melancólico, nadie sospechaba que la perversidad o más bien el vicio te apresaba ya en su tela pegajosa y compleja.
Cuando alguna amiga llegaba para jugar contigo, le relatabas primero, le demostrabas después, la secreta relación que existía entre la flor del plumerito, el libro de misa y tu goce inexplicable, pero todas fingían lo contrario, para contentarte, y sembraban en tu corazón esa pánica soledad (mayor que tú) de saberte engañada por el prójimo.
En la enorme casa donde vivías (de cuyas ventanas se divisaba más de una iglesia, más de un almacén, el río con barcos, a veces procesiones de tranvías o de victorias de plaza y el reloj de los ingleses), el último piso estaba destinado a la pureza y a la esclavitud: a la infancia y a la servidumbre. (A ti te parecía que la esclavitud existía también en los otros pisos y la pureza en ninguno).
Oíste decir en un sermón: "Más grande es el lujo, más grande es la corrupción"; quisiste andar descalza, como el niño Jesús, dormir en un lecho rodeada de animales, comer miguitas de pan, recogidas del suelo, como los pájaros, pero no te fue dada esa dicha: para consolarte de no andar descalza, te pusieron un vestido de tafetas tornasolados y zapatos de cuero mordoré; para consolarte de no dormir en un lecho de paja, rodeada de animales, te llevaron al Teatro Colón, el teatro más grande del mundo; para consolarte de no comer miguitas recogidas del suelo, te regalaron una caja lujosa con puntilla de papel plateado, llena de bombones que apenas cabían en tu boca.
Rara vez las señoras, con tocados de plumas y de pieles, durante el invierno se aventuraban por ese último piso de la casa, cuya superioridad (indiscutible para ti) las atría en verano, con vestido ligeros y anteojos de larga vista, en busca de una azotea, de donde mirar aeroplanos, un eclipse, o simplemente la aparición de Venus; acariciaban tu cabeza al pasar, y exclamaban con voz de falsete: "¡Qué lindo pelo!" "¡Pero qué lindo pelo!".
Contiguo al cuarto de juguetes, que era a la vez el cuarto de estudio, estaban las letrinas de los hombres, letrinas que nunca viste sino de lejos, a través de la puerta entreabierta. El primer sirviente, Chango, el hombre de confianza de la casa, que te había puesto de apodo Muñeca, se demoraba más que sus compañeros en el recinto. Lo advertiste porque a menudo cruzabas por el corredor, para ir al cuarto donde planchaban la ropa, lugar atrayente para ti. Desde ahí, no sólo se divisaba la entrada vergonzosa: se oía el ruido intestinal de las cañerías que bajaban a los innumerables dormitorios y salas de la casa, donde había vitrinas, un altarcito con vírgenes, y una puesta de sol en un cielo raso.
En el ascensor, cuando la niñera te llevaba al cuarto de juguetes, repetidas veces viste a Chango que entraba en el recinto vedado, con mirada ladina, el cigarrillo entre los bigotes, pero más veces aún lo viste solo, enajenado, deslumbrado, en distintos lugares de la casa, de pie arrimándose incesantemente a la punta de cualquier mesa, lujosa o modesta (salvo a la de mármol de la cocina, o a la de hierro con lirios de bronce del patio). "¿Qué hará Chango, que no viene?" Se oían voces agudas, llamándolo. Él tardaba en separarse del mueble. Después, cuando acudía, naturalmente nadie recordaba para qué lo llamaban.
Tú lo espiabas, pero él también terminó por espiarte: lo descubriste el día en que desapareció de tu pupitre la flor de plumerito, que adornó más tarde el ojal de su chaqueta de lustrina.
Pocas veces las mujeres de la casa te dejaban sola, pero cuando había fiestas o muertes (se parecían mucho) te encomendaban a Chango. Fiestas y muertes consolidaron esta costumbre, que al parecer agradaba a tus padres. "Chango es serio. Chango es bueno. Mejor que una niñera" decían en coro. "Es claro, se entretiene con ella" agregaban. Pero yo sé que una lengua de víbora, de las que nunca faltan, dijo: "Un hombre es un hombre, pero nada les importa a los señores, con tal de hacer economías". "¡Qué injusticia!", musitaban las ruidosas tías. "Los padres de la niñita son generosos; tan generosos que pagan un sueldo de institutriz a Chango".
Alguien murió, no recuerdo quien. Subía por el hueco del ascensor ese apasionado olor a flores, que gasta el aire y las desacredita. La muerte, con numerosos aparatos, llenaban los pisos bajos, palmas y atriles. En el piso alto, bajo la vigilancia de Chango, comías chocolates que él te regalo, jugabas con el pizarrón , con el almacén, con el tren y con la casa de muñecas. Fugaz como el fuego de un relámpago, te visitó tu madre y preguntó a Chango si hacía falta invitar alguna niñita para jugar contigo. Chango contestó que no convenía, por que entre las dos harían bulla. Un color violeta paso por sus mejillas. Tu madre te dio un beso y partió; sonreía, mostrando sus preciosos dientes, feliz por un instante de verte juiciosa en compañía de Chango.
Aquel día la cara de Chango estaba más borrosa que de costumbre en la calle no lo hubiéramos conocidos ni tu ni yo, aunque tantas veces me lo describiste. De soslayo lo espiabas: él, habitualmente tan erguido, arqueándose como signo de paréntesis; ahora se arrimaba a la punta de la mesa y te miraba. Vigilaba de vez en cuando los movimientos del ascensor, que dejaba ver, a través de la armazón de hierro negro, el paso de cables como serpientes. Jugabas con resignada inquietud. Presentías que algo insólito había sucedido o iba a suceder en la casa. Como un perro husmeaba el horrible olor de las flores. La puerta estaba abierta: era tan alta, que su abertura equivalía a las tres puertas del edificio actual, pero eso no facilitaría tu huida; además, no tenías no menor intención de huir. Un ratón o una rana no huyen de la serpiente que los quiere, no huyen animales más grandes. Chango, arrastrando los pies, se alejó de la mesa por fin, se inclinó sobre la balaustrada de la escalera para mirar hacia abajo. Una voz de mujer, aguda, fría, retumbó desde el sótano: -¿ La Muñeca se porta bien? El eco, seductor cuando le decías algo, repitió sin encanto la frase. Muy bien- respondió Chango, que oyó resonar sus palabras en los fondos oscuros del sótano. A las cinco le llevare la leche. La respuesta de Chango: No hace falta: se la prepararé yo-, se mezcló con un -gracias- femenino, que se perdió en los mosaicos de los pisos bajos.
Chango volvió a entrar en el cuarto y te ordenó:
Mirarás por la cerradura, cuando yo este en el cuartillo de al lado. Voy a mostrarte algo muy lindo.
Se agachó junto a la puerta y arrimó el ojo a la cerradura, para enseñarte cómo había que hacer. Salió del cuarto y te dejó sola. Seguiste jugando como si Dios te mirara, por compromiso, con esa aplicación engañosa que a veces ponen en sus juegos los niños. Luego, sin vacilar, te acercaste a la puerta. No tuviste que agacharte: la cerradura se encontraba a la altura de tus ojos. ¿Qué mujeres degolladas descubrirías? El agujero de la cerradura obra como un lente sobre la imagen vista: los mosaicos relumbraron, un rincón de la pared blanca se iluminó intensamente. Nada más. Un exiguo chiflón hizo volar tu pelo suelto y cerrar tus párpados. Te alejaste de la cerradura, pero la voz de Chango resonó con imperiosa y dulce obscenidad: "Muñeca, mira, mira". Volviste a mirar. Un aliento de animal se filtró por la puerta, no era ya el aire de una ventana abierta en el cuarto contiguo. Qué pena siento al pensar que lo horrible imita lo hermoso. Como tú y Chango a través de esa puerta, Píramo y Tisbe se hablaban amorosamente a través de un muro.
Te alejaste de nuevo de la puerta y reanudaste tus juegos mecánicamente. Chango volvió al cuarto y te preguntó: "¿Viste?" Sacudiste la cabeza, y tu pelo lacio giró desesperadamente. "¿Te gustó?" insistió Chango, sabiendo que mentías. No contestabas. Arrancaste con un peine la peluca de tu muñeca, pero de nuevo Chango estaba arrimado a la punta de la mesa, donde tratabas de jugar. Con su mirada turbia recorría los centímetros que te separaban de él y ya imperceptiblemente se deslizaba a tu encuentro. Te echaste al suelo, con la cinta de la muñeca en la mano. No te moviste. Baños consecutivos de rubor cubrieron tu rostro, como esos baños de oro que cubren las joyas falsas. Recordaste a Chango hurgando en la ropa blanca de los roperos de tu madre, cuando reemplazaba en sus tareas a las mujeres de la casa. Las venas de sus manos se hincharon, como de tinta azul. En la punta de los dedos viste que tenía moretones. Involuntariamente recorriste con la mirada los detalles de su chaqueta de lustrina, tan áspera sobre tus rodillas. Desde entonces verías para siempre las tragedias de tu vida adornadas con detalles minuciosos. No te defendiste. Añorabas la pulcra flor del plumerito, tu morbosidad incomprendida, pero sentías que aquella arcana representación, impuesta por circunstancias imprevisibles, tenía que alcanzar su meta: la imposible violación de tu soledad. Como dos criminales paralelos, tú y Chango estaban unidos por objetos distintos, pero solicitados para idénticos fines.
Durante noches de insomnio compusiste mentirosos informes, que servirían para confesar tu culpa. Tu primera comunión llegó. No hallaste fórmula pudorosa ni clara ni concisa de confesarte. Tuviste que comulgar en estado de pecado mortal. Estaban en los reclinatorios no sólo tu familia, que era numerosa, estaban Chango y Camila Figueira, Valeria Ramos, Celina Eyzaguirre y Romagnoli, cura de otra parroquia. Con dolor de parricida, de condenada a muerte por traición, entraste en la iglesia helada, mordiendo la punta de tu libro de misa. Te veo pálida, ya no ruborizada frente al altar mayor, con los guantes de hilo puestos y un ramito de flores artificiales, como de novia, en tu cintura. Te buscaría por el mundo entero a pie como los misioneros para salvarte si tuvieras la suerte, que no tienes, de ser mi contemporánea. Yo sé que durante mucho tiempo oíste en la oscuridad de tu cuarto, con esa insistencia que el silencio desata en los labios crueles de las furias que se dedican a martirizar a los niños, voces inhumanas, unidas a la tuya, que decían: es un pecado mortal, Dios mío, es un pecado mortal.
¿Cómo hiciste para sobrevivir? Sólo un milagro lo explica: el milagro de la misericordia. la promeza es un cuento malo